Había una vez un hombre llamado Julián que caminaba todas las tardes por el mismo sendero de tierra, al borde de un campo seco en las afueras de un pequeño pueblo. Tenía cuarenta años, trabajaba arreglando radios viejas y hablaba poco. La gente decía que parecía distraído, como si siempre estuviera escuchando una conversación que ocurría dentro de su cabeza.
Una tarde de invierno, mientras el cielo se ponía naranja y el viento levantaba polvo, Julián tomó un camino distinto. No sabía bien por qué. Tal vez por aburrimiento. Tal vez porque estaba cansado de repetir los mismos días.
El sendero nuevo cruzaba una zona abandonada donde antes había habido una finca. Los árboles estaban muertos, las paredes caídas, y entre los yuyos sobresalía la boca negra de un pozo antiguo, cubierto apenas por unas tablas podridas.
Julián no lo vio.
El suelo cedió bajo sus pies.
Durante un segundo sintió que el mundo desaparecía. Después vino el golpe. Cayó varios metros, rebotó contra la pared de piedra y terminó hundido en agua helada hasta la cintura.
El dolor le atravesó la pierna.
Arriba, el agujero era apenas un círculo de luz.
—¡Ayuda! —gritó.
Solo respondió el eco.
Intentó trepar, pero las piedras estaban húmedas y se desmoronaban. Cada vez que subía un poco, volvía a caer. Las uñas se le llenaron de barro y sangre. Pasaron horas. La noche cayó encima del pozo como una tapa.
Y ahí, en la oscuridad absoluta, Julián empezó a escuchar algo.
